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Por Maximiliano Frey, jefe de proyectos del Pacto Chileno de los Plásticos de Fundación Chile

Esta semana celebramos el día mundial de la recarga (refill en inglés), una de las estrategias de economía circular más usadas en Chile y el mundo. En palabras simples, implica que las personas tienen la posibilidad de usar el mismo envase para volver a comprar un producto. ¿Simple o no? En principio sí, pero nuestro sistema ha convertido esta acción en un acto heroico.

Tenemos la idea de que la persona que lleva su envase al supermercado para recargarlo de detergente o el familiar que habitualmente va a un local de venta de alimentos a granel son superhéroes (o heroínas) de la sustentabilidad.  No obstante, casi siempre esto no es así.

Según la última encuesta Reciclando-ando, el principal motivo por el que las personas comprarían a granel o formato reutilizable es económico y, apenas, un 26% declara el impacto ambiental como un motivador real. En efecto, en un estudio que realizó el Pacto Chileno de los Plásticos de Fundación Chile, junto a estudiantes de la Pontificia Universidad Católica de Chile, se observó que tres de cuatro arquetipos de personas que usan sistema de reutilización lo hacen porque “les conviene” o tienen la costumbre de hacerlo. Entonces, si es conveniente para el consumidor y, por tanto, una ventaja competitiva para una empresa, ¿por qué no tenemos más sistemas de reúso en el país?

Hay muchos motivos que lo explican, pero me atrevo a decir que el principal es que hoy los incentivos no están puestos donde corresponde. Y es que, a diferencia del modelo lineal predominante, donde se usan y desechan inmediatamente los productos, la reutilización requiere colaboración. Para que el modelo sea eficiente económicamente, se necesita infraestructura compartida: centros de almacenamiento, lavado y sanitización y puntos de retorno, que ninguna empresa puede financiar por sí sola. Y aunque la ley de Responsabilidad Extendida al Productor favorece los esquemas de reúso, evitando cobrar la tarifa al “segundo uso”, la evidencia nos muestra que se requieren más incentivos para impulsar una transición.

En economía esto se conoce como dilema del prisionero: cada empresa, actuando racionalmente en su propio interés, termina produciendo un resultado peor para ellos y, en este caso, para los consumidores. Reutilizar solo no escala, y esperar a que otro invierta primero en la infraestructura compartida es siempre la jugada más «racional». El resultado: todos esperan, nadie invierte, y el envase desechable sigue llegando a nuestros colapsados rellenos sanitarios.

La solución, sin embargo, no es un misterio. El informe Diseño de políticas de reutilización efectivas para Sudamérica señala que, con un marco nacional coherente para la reutilización, es posible el cambio. Se necesita una política pública que incentive el uso de envase estandarizados para ciertas categorías de producto, fondos que faciliten la inversión inicial e incentivos tributarios hacia este tipo de esquemas. Cuando las reglas del juego cambian, la colaboración deja de ser un acto de fe y se convierte en la elección racional.

Reutilizar no debería ser un acto heroico. Debería ser, simplemente, lo más conveniente.